sábado, 2 de mayo de 2009

La insoportable levedad del ser


Algo leve, algo fugaz, algo que sólo ocurre una vez para dejar a continuación de existir, es algo que no pesa, que se aleja volando en brazos del primer viento. La poesía hace de la estrella fugaz en el cielo nocturno y de la mariposa que sólo vive un día algo bello. Pero, ¿somos capaces de aceptar dicha imagen como símboolo de nuestras vidas con todo lo que conlleva? Una vida sobre ese escenario de fugacidad y azar comienza a desvanecerse en el mismo instante en que se presenta: no vale, no cuenta, es una libertad infinita de pies ligeros.

Imaginemos que esa misma vida, en lugar de desvanecerse, se repitiera una y mil veces exactamente de la manera en que ha sido vivida. Cada acto, cada pequeño gesto, dejaría una huella indeleble, inmortal. La levedad se ha trasmutado en peso: un peso soberano ante el que todo latido se arrodilla. El sentido de las acciones no da lugar a espacios vacío, ya que el peso determina que el ser no pueda ser de otra forma que como es, la casualidad esté excluida y nuestra vida tenga por nombre destino. Una dictadura del sentido que, pese a asfixiar, se sabe con la vitalidad indestructible de la necesidad.

¿Y nosotros desde dónde vivimos? ¿Desde la levedad o desde el peso? ¿Vemos la vida desde la ligereza de lo efímero o desde la crudeza de lo inevitable? Nos detendremos en algunas figuras de este delicioso libro de Milan Kundera. Tomás será, sin duda, nuestro leitmotiv.

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