lunes, 6 de abril de 2009

Entre patatas budistas y fantasmas


Lo confieso. A menudo me siento atraído por la espiritualidad oriental. Disolverse en el ahora y alcanzar un silencio interior que posibilite una experiencia distinta de la realidad, sin miedos, sin proyecciones, sintiendo el mundo como un regalo que se manifiesta, dejándolo fluir sin violentarlo. No suena mal, pero en mi caso tiene un problema: poco a poco este tipo de pensamientos me convierten en una persona depresiva. Todo se vuelve tan ligero, la libertad es tan grande, que no hay nada que te ate a la tierra. ¿Es el objetivo de estas filosofías convertir al ser humano en una patata budista?

Cuando llego a este punto, me rebelo y me paso al bando contrario. Quiero energía, poder desear sin límites, consumirme en el fuego, saborear su calor y su alegría de vivir. Pero claro, por este camino nos convertimos en infelices perseguidores de fantasmas: se engendra el miedo de no conseguir lo que se desea, su consecución conlleva sensación de vacío existencial, la imagen que tenemos de nosotros mismos y nuestra personalidad se ven continuamente afectados por nuestros éxitos y nuestros fracasos, etc. El deseo perturba, encadena, arrastra, esclaviza bajo un peso difícil de soportar.

¿Hay alguna forma de fusionar ambas perspectivas para disfrutar de sus ventajas sin sufrir sus inconvenientes? Os propongo contemplar el deseo como un juego. Inflamar el deseo hasta reventar, hasta que el corazón se salga del pecho, y al mismo tiempo despersonalizarlo, tomárselo como un juego y no como algo serio, reírse de él en su cara, distanciarse de él. Vivir en esa grieta, en ese precipicio, en esa locura.

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